¡APAGA EL PUTO TELÉFONO! COMO EL CELULAR ESTÁ CAMBIANDO LA FORMA EN QUE CONSUMIMOS CINE

Nuestra vida se rige por fracciones de tiempo: Dos horas diarias transportándonos, 45 minutos de rutina física, 15 minutos para estar en la ducha y 1 minuto para decidir que ponernos.

El cine también está regido por el tiempo. 120 minutos para entender una historia, 2 para que nos la vendan en un tráiler, 3 entregas para que nos expliquen un universo y apenas un segundo para que ingresen 25 fotogramas a nuestra retina.

Sin embargo hay un fenómeno actual que escapa a la medición del tiempo. Revisar el celular se nos ha vuelto una actividad omnipresente.

"Ah mira, otro meme de gatos"
“Ah mira, otro meme de gatos”

Todo momento de nuestra rutina diaria se precia de idóneo para recibir notificaciones. El hábito no parece alterar nunca ninguna situación por lo que constantemente fragmenta cada actividad que hacemos, cada conversación que tenemos, cada segundo de escaso aburrimiento y cada instante que requiere nuestra completa atención.

Como la constante conexión es un mal que nos aqueja más de lo que aceptamos, no es difícil ver personas en salas de cine con el móvil en mano, revisándolo cada tanto que termina un punto de giro de la película o cuando la conversación de los protagonistas dura más de un minuto. No es extraño ver como el de al lado comenta hasta el más mínimo detalle de lo que está viendo – y no viendo a la vez – en sus redes sociales y como un nuevo like en el típico estado de “Viendo X estreno” parece tener más importancia que la película en si. Ni hablar de las selfies en salas de cine, que más que funcionar como recuerdo, parecen responder al sentido demostrativo del que habla Joan Foncuberta. 

Un desfile de luces azules  y blancas iluminan rostros durante todas las proyecciones y rompen con la romántica complicidad de la única pantalla capaz de iluminar rostros  compavidos como nos lo exponía Amelie Poulier.

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Si Amelie voltea a ver en una sala de cine actual, el resultado será distinto.

Sin embargo la interrupción ad infinitum no termina allí. Nos hemos vuelto más intolerantes a las historias largas. Un corto de 10 minutos nos parece una barbaridad y un video al que tengamos que habilitar el sonido nos produce flojera. Ya  lo mencionaba el periodista musical Alejandro Marín sobre la homogenización del video subtitulado en redes sociales,(memesizado si se puede llamar) que está aniquilando lentamente el sonido. Lentamente se está estandarizando la posición de no darle importancia al sonido en redes sociales.

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Venga la hegemonía del video subtitulado.

Las virtudes de las plataformas online como Netflix  están provocando comportamientos nuevos al momento de ver algo. Las películas se ven expuestas a la segmentación en pequeños trozos que den tiempo al espectador para leer un nuevo tweet o ver una nueva pareja en Tinder. La tolerancia o conexión emocional con un filme se mide por el número de veces que te resististe a estar “online”. Difícilmente alguna película llegará  invicta ante este medidor.

El problema no es de las redes sociales sino  de lo que hacemos con ellas. Nos hemos vuelto tan compulsivos que una herramienta con tantas posibilidades ligadas al séptimo arte como es el Social Media, ha mutado en un medicamento de pequeñas dosis para escapar de la realidad. Según esta columna del New York Times, las redes no nos permiten hacer lo que debemos hacer, nosotros solo creemos que impiden que prestes la atención suficiente a la película que estás viendo.

Apaga la pantalla y enciende la atención.

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