LOS 7 PECADOS CAPITALES QUE DEBE COMETER EN EL FICCI

No, esta no es otra crónica biempensante sobre el valor cultural e histórico de Cartagena. Tampoco es una denuncia a la crisis social de la heroica ni mucho menos un elaborado ensayo sobre la benefactora trascendencia de su Festival de cine. Todas son caras válidas y necesarias, pero ninguna refleja lo que nos compete en estas líneas.

Y es que el poder que alberga Cartagena alimenta este manifiesto a su ancestralidad y vanguardia. Si este año tiene el placer de ir al Festival Internacional de Cine de Cartagena, prepárese para expiar sus culpas después de vivirlo, porque es seguro y necesario que cometa al menos uno de estos siete pecados.

IRA ANTIRUTINARIA: 

Llegar al festival de cine y entregarse a su frenesí es repudiar inmediatamente lo que hacen el resto de sus vidas. Es ingresar a un paraíso con tintes de conocimiento y hedonismo para dejarse llevar por él. Por escasos días se vale odiar las mismas salas a las que estamos acostumbrados, los repetitivos horarios de siempre, la asfixiante rutina de la fría ciudad y el rito absurdo de comentarla de la misma manera. Cartagena tiene el poder de alterar el ritual de ir a ver cine.

GULA CINÉFILA

Para apetitos voraces, una suculenta carta de películas, documentales, cortometrajes y programas que deberían saciar hasta al más intelectual de los paladares. Es lugar común pensar que un festival de cine tiene suficiente material para satisfacer a los exigentes cinéfilos, pero el FICCI es como un elegante restaurante multicultural que respeta su línea culinaria, aunque sabe ofrecer variedad a sus asistentes. Entonces ¿Por qué no pecar y devorar frames y frames que después serán escasos en nuestra vida cotidiana?

PEREZA MATUTINA

En el festival el día comienza cuando el sol empieza a ocultarse. La vida en el FICCI está condicionada por el placer nocturno y el placer social. Las películas son un fragmento importante de esta historia pero la vida nocturna que se desprende del certamen resignifica la estadía. Levantarse con resaca a las 2 de la tarde para llegar al teatro a ver una proyección y, acto seguido, volverse a entregar al licor y a la música, no es un pecado, debería ser una obligación divina.

LUJURIA CULTURAL

Es un deseo exacerbado que supera la cinefilia y se esparce a otras vertientes. Capturar antiguas edificaciones con la cámara, querer saber más de la construcción histórica de la ciudad, devorar un diario FICCI mientras se disfruta de la brisa del mar, recibir un ejemplar de una revista y atesorarla para el viaje de regreso… Los sentidos se disparan cuando se está en el festival y cualquier placer cultural parece no ser capaz de apaciguar ese hambre de conocimiento.

VANIDAD CARIBEÑA

La siempre satanizada moda también cumple su rol acá. Sombreros, blusas vaporosas, faldas, arabescos y estampados tropicales se toman los cuerpos, y por qué no, las mentes. Es imperdonable no sumarse a este baile con tintes caribeños.

Nos han enseñado que entregarse a la masa es absurdo, ridículo y banal, pero poco nos han hecho ver que el código de vestimenta es un código social y en el FICCI no hablamos de complacencia sino de complicidad. Ser parte de ese algo, e identificar a otro tan solo por llevar una escarapela naranja y una prenda particular, es todo un acto de gueto cinéfilo.

ENVIDIA CINEMATOGRÁFICA

El adagio popular reza que la envidia es mejor despertarla que sentirla, pero para generarla es necesario sentirla. No se sienta culpable y experiméntela.

Quiera ser como esos realizadores noveles que empiezan a escribir su historia en el FICCI, desee ser como esos consagrados directores que llenan un escenario y son capaces de engatusar al público con su charla después de la proyección, anhele ser como esos artistas a los que el festival les rinde tributo y que año tras año entran orgullosos al Teatro Adolfo Mejía. Se vale soñar y se vale envidiar a todos los que capturan toda la atención del público en Cartagena.

AVARICIA SOCIAL

Conectar con otros es algo que inevitablemente sucederá. No se preocupe, hasta lo menos hábiles socialmente están atados a este cordón umbilical invisible que los hará marcharse al menos con un nuevo contacto. Es que en el festival todos están ávidos de encontrar a nuevas personas que disfruten tanto una película, un corto, un director o una corriente y que quieran filosofarlo todo alrededor de una taza de café o una lata de cerveza. Las imponentes murallas son infranqueables a la apatía pública.

 

 

 

 

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