LA TAQUILLA ES UN PROCESO DE SEDUCCIÓN

 

En un mundo ideal, el cine independiente tiene un cuantioso público, salas a reventar y es valorado por su poderoso discurso visual. En un mundo ideal uno va a ver una película colombiana porque hay que apoyar el cine nacional.

Sin embargo, así no funciona el mundo, mucho menos el audiovisual.  Las líneas divisorias entre publicidad, contenido online, periodismo y ficción son cada vez más difusas y eso es algo que difícilmente cambiará. Así mismo, es probable que debamos renunciar a la idea romántica de que el cine es solo un arte para incomprendidos que no necesitan de la maquinaria monetaria. Desde hace años el cine es una industria y tendremos que convivir con eso.

No por ello, le vamos a negar todo el potencial artístico y transformador a ciertas películas, así como las virtudes de entretenimiento a otras. Filmes hay muchos, géneros hay en cantidad y públicos hay miles.

Este contexto no es ajeno al siempre difícil territorio de batalla del cine colombiano.  Ante los ojos de quienes se dedican a esto, se presenta un escollo a sortear en la búsqueda de ser una industria: Hay una necesidad imperante de acercarse a comunidades, grupos, ghettos y sociedades para susurrarles al oído: “Hey, esta película te puede gustar”; hay un proceso de seducción que por ahora se torna torpe y novato; hay un escenario en el que necesitamos trabajar y que requiere de estas herramientas:

Segmentación de públicos: Las segmentaciones demográficas se acabaron. Categorizar a los públicos de una película es mucho más que encasillar a las personas en estratos socioeconómicos, rangos de edad y lugares de residencia. Toda la conversación y el encuentro con comunidades, está cimentado ahora en gustos y hábitos de consumo, y las redes sociales juegan un papel importante en ello. A través de las herramientas digitales podemos acercarnos a esas personas-objetivo del film, ya que sin un público es fácil llegar a cualquiera, menos al que se pueda interesar honestamente en la película que hemos hecho.

Trabajo de campo: Hasta la más digitalizada agencia de publicidad ha entendido que el trabajo online cojea si no va acompañado de una labor en la calle, en el lugar en el que sucede la vida real. Los recursos digitales pueden ser un acercamiento  al objetivo o un espejismo absoluto.  Si no se contrasta lo que sucede en un muro de Facebook con los números de taquilla de una película similar a la nuestra, una encuesta de interés en plena vía pública o un comportamiento recurrente en el día a día, estamos tentados a cometer el vulgar “pajazo mental”. Creer en lo que se hace es importante, pero revalidarlo con lo que la gente hace y quiere hacer, puede ser un movimiento más certero para que una película llegue a más personas.

 

Big Data: La palabra de moda en el marketing, la investigación , la tecnología y hasta las teorías de conspiración. Si bien es cierto que hay una obsesión por los datos que muchas veces no lleva a ningún lado, es probable que en Colombia aún no tengamos siquiera una B mayúscula en cuanto a información de público y hábitos de consumo cinematográfico. Con el tiempo, hemos visto como semana a semana se comparten los resultados de taquilla y como al año podemos conocer el número de películas hechas, las salas predilectas de estos estrenos y las estadísticas de recaudación. Aún así,  hay una autopista de información (en términos noventeros) que nos permitiría identificar mejores salas, horarios, medios por los que las personas se enteran y efectividad de pautas.

Ilustración de Charlie Davis

Narrativa transmedial: Los contenidos que más impactan en la audiencia son aquellos que  navegan y se adaptan a diferentes canales.  Hoy en día hablamos de universos y de historias fluidas que viven naturalmente en libros, internet, la pantalla grande y la chica.  ¡Cuidado! No estamos obligados a desplegar mundos infinitos para poder atraer público, pero la facilidad con la que una idea se despliegue en otros canales, ayudará a atraer a más personas. Hoy en día, pensarse las historias como un universo propio, permite seducir espectadores de distintas maneras.

Merchandising: El término maldito y odiado que parece levantarse contra la sacra espiritualidad del cine arte. Hablar de mercantilizar la película no solo equivale a transformar los personajes en figuritas de acción, sino en no sonrojarse si de la misma se desprende una camiseta, un pin o un souvenier. Los gringos, expertos en volver todo un negocio, tienen claro que la película no pierde su divinidad si recauda dinero a través de otros mecanismos (con excepción de Disney). Si logramos arrebatarnos la malsana idea de que capitalizar la historia con otros recursos, es despojar a la película de su esencia, abremos dado un paso importante hacia la consolidación de la industria y su conexión con otros negocios.

 

 

 

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